viernes, 16 de abril de 2010

Sobreviviendo al invierno

Los días transcurren lentos, en una densa niebla, será que llega el invierno y se traga consigo el calor de las calles, pues el otoño ya se llevo el color, cambiándolo por un neutro café quizás todo parece más gris. Santiago es de esas ciudades en que ni las aglomeraciones de gente producen esa ola de calor que revive en invierno, el metro por las mañanas, es un caos de miradas perdidas, el vació se siente más fuerte ahí dentro, nadie se respeta, los empujones y la desesperación son la tónica, la frialdad se apodera de la gente.
Hoy llueve en Santiago, dan ganas de caminar por las calles, es de mañana he terminado una prueba, luego recuerdo que no estoy donde quiero, por más que intento no es lo mismo, la lluvia suele pesar más aquí, donde el olor a tierra húmeda es lo menos que se siente, donde escuchar el sonido de las gotas es un imposible, aún así prefiero retrasar la llegada no esperan muchas cosas, las paredes blancas, siempre me han recordado a los manicomios, sigo caminando, para encontrarme en cada entrada del metro un mendigo sin identidad que parece transparente ante la sociedad, ahora se guarnecen en las escalaras para protegerse de la lluvia que cae inclemente.
Al volver a la ciudad de los ratones, que vagan atareados y medio asustados por la lluvia, pues la selva de asfalto suele inundarse con una facilidad incomprensible, debe ser por eso que la gente vive con miedo a todo, hasta de hablar con quien va a su lado.
Hoy me he percatado de algo, es que en las soledades más perpetuas, suele suceder que alguien con la mirada algo más transparente, aunque sin salir de su mundo propio te alegra la mañana, son dos segundos, pero esa distracción te da esa aura que se necesita para parear la gélida brisa invisible de los edificios de cristal y el cemento que reina durante el invierno, suele durar por tiempo y eso es suficiente para pasar el invierno. Aunque, confieso escapar suele ser la opción más acertada, para sentirse vivo y respirar aire limpio.

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